Mis relatos VII: Suerte
Dudé mucho de publicar este relato, me parecía demasiado personal, quizá hasta íntimo. Pero visto que nadie se espanta ante mis ocurrencias y a que no me apetece escribir otra cosa, aquí os queda.
A veces juego a ponerme monedas sobre mis ojos cerrados, al estilo de los cadáveres griegos y romanos. Me gusta soñar que estoy muerto, y me encuentro con Hermes, que me guía hasta el Inframundo. Le sigo tranquilo, sin preocuparme, observando las alas que lucen sus sandalias, la blancura de su túnica y su caduceo que reluce bajo el sol. No habla, sólo me dice una palabra a las puertas del Infierno: Suerte. Y aquí termina, no llego a más.
Sí, suena extraño, pero para mí no lo es. Hay gente que hace punto de cruz, otra pinta, otra toca la guitarra… yo para relajarme finjo estar muerto. Macabro diréis algunos, relajante diré yo. Cuando tengo una temporada de exámenes y los acabo, finjo mi muerte durante horas, se diría que me desahogo, porque si algo me caracteriza es por mi nerviosismo, me pongo histérico ante un examen. Y no hablemos ya de otros temas, la última vez que me confesé ante una chica dije tal cantidad de tonterías, que me juré no repetirlo jamás, y aquí estoy, solo pero sin sobresaltos de tipo sentimental.
La última vez que lo hice, el fingirme muerto, fue ayer. El día anterior, había ido con algunos conocidos de botellón. Nunca lo pasé tan mal: la gente borracha, pasando frío… pero ya el colmo de los colmos, fue cuando una cualquiera me vomitó en el pie. A mí, a mí, yo que no había hecho nada para que vomitara, y que no había bebido, yo fui el que recibí el vómito. Prescindiré de detalles morbosos para describir el vómito, casi ni me fijé, lo único que me preocupó eran mis preciosos tenis naranjas, manchados. Se me cayó el alma al suelo, y después de haber ayudado a la pobre chica a recuperarse, me fui a casa.
Las calles estaban vacías, mi única compañía eran los pasos de otros caminantes solitarios, que quizá pensaran en lo mismo que yo, o seguramente no: ella. Ella que con su simple sonrisa me sube el ánimo; ella, que al escuchar su voz se me va la mente. En definitiva: ella. Pero no, me había jurado no confesarme nunca más, y nunca más lo haré. Por ahora… porque ahora, al mismo tiempo que escribo esto, estoy creando una carta de amor, una de esas que tanto critiqué, de las que tanto renegué… pero la vida es así, inesperada.
Ya va siendo hora de terminar esto, pero antes voy a contaros la causa de este… ¿cómo llamarlo? ¿Declaración de principios? ¿Paranoia? Lo dejo a vuestra elección. Hasta hace una hora estaba en una de mis sesiones mortuorias, cuando mi hermana de apenas dos años, me quitó las monedas de los ojos, y pellizcándome, consiguió despertarme. Al abrir los ojos, la encontré frente a mí: sus rubios bucles brillaban con la luz del Sol que entraba por la ventana, un vestido blanco acentuaba su aspecto inocente y calzada con unas sandalias, abrió la boca, y me dijo: “Suerte”. Se dio la vuelta y se fue. No, no estaba soñando, era real.
Sí, suena extraño, pero para mí no lo es. Hay gente que hace punto de cruz, otra pinta, otra toca la guitarra… yo para relajarme finjo estar muerto. Macabro diréis algunos, relajante diré yo. Cuando tengo una temporada de exámenes y los acabo, finjo mi muerte durante horas, se diría que me desahogo, porque si algo me caracteriza es por mi nerviosismo, me pongo histérico ante un examen. Y no hablemos ya de otros temas, la última vez que me confesé ante una chica dije tal cantidad de tonterías, que me juré no repetirlo jamás, y aquí estoy, solo pero sin sobresaltos de tipo sentimental.
La última vez que lo hice, el fingirme muerto, fue ayer. El día anterior, había ido con algunos conocidos de botellón. Nunca lo pasé tan mal: la gente borracha, pasando frío… pero ya el colmo de los colmos, fue cuando una cualquiera me vomitó en el pie. A mí, a mí, yo que no había hecho nada para que vomitara, y que no había bebido, yo fui el que recibí el vómito. Prescindiré de detalles morbosos para describir el vómito, casi ni me fijé, lo único que me preocupó eran mis preciosos tenis naranjas, manchados. Se me cayó el alma al suelo, y después de haber ayudado a la pobre chica a recuperarse, me fui a casa.
Las calles estaban vacías, mi única compañía eran los pasos de otros caminantes solitarios, que quizá pensaran en lo mismo que yo, o seguramente no: ella. Ella que con su simple sonrisa me sube el ánimo; ella, que al escuchar su voz se me va la mente. En definitiva: ella. Pero no, me había jurado no confesarme nunca más, y nunca más lo haré. Por ahora… porque ahora, al mismo tiempo que escribo esto, estoy creando una carta de amor, una de esas que tanto critiqué, de las que tanto renegué… pero la vida es así, inesperada.
Ya va siendo hora de terminar esto, pero antes voy a contaros la causa de este… ¿cómo llamarlo? ¿Declaración de principios? ¿Paranoia? Lo dejo a vuestra elección. Hasta hace una hora estaba en una de mis sesiones mortuorias, cuando mi hermana de apenas dos años, me quitó las monedas de los ojos, y pellizcándome, consiguió despertarme. Al abrir los ojos, la encontré frente a mí: sus rubios bucles brillaban con la luz del Sol que entraba por la ventana, un vestido blanco acentuaba su aspecto inocente y calzada con unas sandalias, abrió la boca, y me dijo: “Suerte”. Se dio la vuelta y se fue. No, no estaba soñando, era real.
Nos leemos!
Suena en mi cabeza -> Mushaboom, Feist

2 Comments:
Las personas alegres y positivas no son inmunes al pesimismo y a los pensamientos negros. Creo que es una bella cualidad del ser humano, la contradicción.
Más música: Cristina Rosenvinge. ;-)
oh nano me encanta....felicidades
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